Primera Parte: Ecos de Piel y Tinta Roja
El eco de su noche juntos aún vibraba en el aire del apartamento de Moira cuando llamaron a la puerta. Al abrir, se encontró con un imposible jardín de rosas, de un rojo tan profundo y oscuro que parecía contener el pulso de la noche anterior. No había nota, no hacía falta. El aroma denso y dulce que invadió su espacio fue un mensaje más elocuente que cualquier palabra escrita.
Acababa de volver del gimnasio, con el cuerpo vibrando por el esfuerzo y la mente llena de él. (...) Antes de la llegada de las flores, había elegido una foto (...), un anzuelo juguetón para que Victor lo viera al aterrizar. Pero las rosas lo cambiaron todo. (...) Mientras el avión de Victor cortaba el cielo en algún punto, rumbo al asfalto de Nueva York, Moira inició su propio ritual. El agua de la ducha no lavó el recuerdo de las manos de él; al contrario, cada gota parecía trazar los mismos caminos que sus dedos habían recorrido.
Frente al espejo, ya no era solo Moira; era la mujer que Victor había desatado. (...) Las primeras fotos fueron un juego de sombras y poder (...). Pero las rosas la llamaban desde la sala. Corrió (...) y tomó tres de las flores más abiertas. (...) Colocó una rosa en cada mano, cubriendo sus pezones con los pétalos. El roce, suave y aterciopelado, no fue sólo un tacto. Fue un recuerdo violento. Su cuerpo reaccionó al instante (...). Al mirar hacia abajo, vio una sutil perla de humedad que comenzaba a nacer entre sus piernas. (...) El tiempo se disolvió. Cayó de espaldas sobre las sábanas (...). Una mano viajó a su seno, mientras los dedos de la otra se hundieron en el calor que Victor había despertado. (...) cuando la ola rompió, llevándosela por completo, un nombre fue arrancado de su garganta en un gemido ahogado: "Victor...".
Segunda Parte: El Mundo Corporativo y la Guerra Privada
El trabajo de Victor era un laberinto de aeropuertos, trenes y salas de juntas. (...) Entre reuniones, sentía un fantasma en sus dedos: la textura de la piel de Moira, el eco de su aroma. (...) Con la gracia y la confianza que lo caracterizaban, ascendió al piso 52 de un rascacielos de cristal y acero. (...) Victor dejó su teléfono boca arriba sobre la larga mesa de conferencias y comenzó su presentación. Estaba por culminar (...) cuando la pantalla se iluminó. Un mensaje de Moira. (...) Era una galería de arte prohibido. Moira en lencería de encaje, Moira entre las sábanas (...). Y luego, las rosas. Moira cubierta de pétalos rojos. (...) las dos últimas fotos. Sus piernas abiertas, sus labios íntimos hinchados y brillantes, y sus propios dedos, húmedos, sosteniendo la rosa más grande. Debajo, un texto: "Gracias. Dos veces".
Tercera Parte: Un Regalo y un Duelo a Distancia
Los lazos entre ellos se apretaron en la distancia (...). En su última tarde en Nueva York, (...) Victor se detuvo en seco. El escaparate de una tienda de lencería (...). Sabía exactamente lo que quería. Le tomó solo unos minutos encontrarlo: un brasier de tirantes (...) y a juego, un panty que era una obra de ingeniería erótica, con una abertura que enmarcaba el clítoris (...). Salió de la tienda con la bolsa envuelta en papel de seda (...).
Esa noche, (...) su teléfono vibró. Era una foto de Moira (...). (...) Con una gracia casi teatral, Victor dispuso el conjunto sobre la cama del hotel y le envió varias fotos. La reacción de Moira fue un incendio. (...) Comenzaron a planear su próximo encuentro, y la conversación se convirtió en un duelo. (...) Él, ya solo en bóxers, respondió con una imagen frente al espejo y un pie de foto que era una orden: "Tócate".
Moira no pensó. Obedeció. Su primer video fue un susurro visual de apenas diez segundos (...). La respuesta de Victor fue un golpe calculado (...). La cámara enfocaba su propia entrepierna, su mano rodeando la base de su miembro ya tenso. (...) Aquella imagen la incendió. (...) Acompañó el video con un texto: "No es suficiente. Quiero ver cómo te masturbas". (...) Y así comenzó un duelo de pixeles y pulsaciones. (...) Ella le mostró cómo sus dedos encontraban su clítoris (...). Él le devolvió la imagen de su mano acelerando el ritmo (...). Ella respondió hundiéndose dos dedos dentro de sí misma (...). Moira fue la primera en perder el control. (...) Verla romperse de esa manera fue el detonante final para Victor. (...) Su video final fue una tormenta de veinte segundos. (...) un torrente espeso y blanco estalló sobre su abdomen en oleadas rítmicas y poderosas. Habían llegado juntos, a kilómetros de distancia (...).
Cuarta Parte: El Jardín Secreto
Tras un par de días de trabajo intenso, llegó el sábado. Victor liberó su agenda. Moira coordinó sus compromisos, retocó sus uñas y, en secreto, renovó su cita para la depilación. Un arma secreta que guardaba para él. Acordaron encontrarse para un brunch. (...) A los pocos minutos, la vio. (...) Llevaba un vestido fresco y corto que se aferraba a sus curvas (...). (...) Se sentaron y sus manos se buscaron sobre la mesa (...). En medio del desayuno, él le entregó la bolsa de la tienda de lencería.
El plan era escaparse. (...) Llegaron a un hotel especial, un lugar de suites temáticas exclusivas. Victor había reservado una que evocaba un jardín. Tomaron el ascensor y sus cuerpos se buscaron en un beso profundo (...). La suite, en el último piso, era un paraíso privado. La cama estaba rodeada de flores y plantas; (...) Un ventanal inmenso ofrecía una vista de la ciudad que parecía una extensión del jardín.
Apenas entraron, los zapatos volaron. (...) Se sentó al borde de la cama, un gesto que ya era un ritual. Ella se paró entre sus piernas, encajando en el espacio que le pertenecía solo a ella. (...) y detuvieron el avance del universo en un beso intenso, largo y profundo (...).
Quinta Parte: El Jardín y la Diosa
El vestido de Moira se deshizo entre los dedos de Victor (...). (...) Juntando los últimos jirones de control que le quedaban, le devolvió el beso (...) y corrió hacia el tocador con la bolsa de regalo en la mano. (...) El brasier que se quitó era simple, el que ahora sostenía era una obra de ingeniería erótica. Las delgadas tiras de cuero abrazaron sus senos (...). El panty fue una revelación: una ventana abierta al paraíso que enmarcaba sus labios ya húmedos (...). Se sentía invencible. Y para completar su transformación, de su bolso sacó el arma secreta: unas medias de encaje negro (...). Retocó el rojo de sus labios (...) y, antes de salir, susurró una orden a través de la puerta: "Cierra los ojos".
La puerta se abrió y un cambio en el aire le anunció su presencia. Luego, un susurro que le erizó la piel: "Aquí estoy…". La mujer que Victor vio al abrir los ojos no era la Moira del brunch. Era una deidad forjada en encaje y cuero, bañada por la luz dorada del jardín. (...) Él estaba paralizado, un simple mortal ante la aparición de Venus. Dentro de su pantalón, su miembro palpitó con una violencia que era casi dolorosa.
Sexta Parte: Hielo y Fuego
Esta vez, era Moira quien comandaba. La diosa. La dueña. Y él, su más devoto instrumento. "Ponte de pie", ordenó ella. (...) Sus dedos ágiles liberaron el cinturón y el botón del pantalón de Victor (...). Con un leve empujón, lo envió de espaldas sobre la cama. (...) Mientras él se acomodaba, ella (...) extrajo del bolsillo del pantalón caído uno de los caramelos de mentol que él siempre llevaba. (...) Se arrodilló sobre la cama. (...) Se inclinó sobre él y, mordiendo suavemente la tela, la arrastró hacia abajo con sus labios. (...) Lo miró a los ojos. Desenvolvió el caramelo y lo colocó en su boca. Con el pequeño disco blanco visible entre sus dientes, dejó escapar dos palabras que lo incendiaron: "Es mi turno".
Su cuerpo se enroscó alrededor de la pierna de Victor (...). Con una mano rodeó la base de su pene (...). Acercó su boca y, justo antes de tocarlo, exhaló. Un aliento gélido, cargado de mentol, envolvió la punta ardiente de su miembro. (...) Entonces, sus labios se cerraron, un círculo de hielo deslizándose por la piel en llamas. Para Victor, el universo se redujo a esa paradoja. El frío polar del aliento de ella y el incendio líquido de su boca. (...) El caramelo se derretía, mezclando su dulzura helada con la saliva caliente de ella (...). (...) De pronto, se detuvo. Retiró su boca y, sosteniéndolo con firmeza, dejó que su miembro le diera pequeños latigazos en las mejillas, reclamándolo como suyo. (...) Aceleró el ritmo, una danza frenética de labios, lengua y dedos, hasta que lo logró. Un torrente hirviente inundó sus fauces. Ella lo aceptó todo, tragando sin vacilar la ofrenda de su esencia. (...) Regia, como una diosa olímpica recibiendo su tributo, lo miró complacida. (...) En un respiro, le susurró al oído: "Ahora, quiero que mi diosa se siente en el trono que le tengo preparado…".
Séptima Parte: El Trono y la Calma
Victor retiró las almohadas, quedando completamente plano sobre la espalda. Moira se deslizó sobre él como una pantera, yendo a reclamar su lugar. (...) Se acomodó sobre su rostro, sus rodillas a cada lado de su cabeza, de cara a la cabecera que enmarcaba la vista de la ciudad. El panty que él había elegido era perfecto para ese momento, una cortina de teatro que se abría justo en el centro del escenario. Los labios de Victor se hicieron agua (...). Su lengua emergió, abriéndose paso instintivamente entre los labios internos de ella. Moira sintió un espasmo en su vientre y supo que debía cabalgar.
El tiempo se volvió irrelevante. Con las manos aferradas a la cabecera, ella marcaba el ritmo, un vaivén lento y profundo, mientras él se entregaba a la adoración. Su lengua era un pincel, trazando el mapa de su placer, viajando desde la perla endurecida de su clítoris hasta la frontera de su ano (...). (...) El final se anunció como un temblor lejano (...). Se volcó sobre él con la furia de un río que reclama su cauce, y su orgasmo fue un tsunami silencioso que lo inundó todo (...).
Cayó rendida en sus brazos. Recompusieron sus cuerpos en un abrazo, cara a cara, y allí, sobre el pecho de él, se dejó llevar a la deriva, hacia la calma que sigue a la tormenta. Durmieron, recuperando fuerzas, sus cuerpos aún conectados bajo el velo de esa tarde robada al mundo. Lo que siguió de ese día, quedó como un secreto entre ellos. Y solamente entre ellos dos.